El dolor en mi mano derecha no era una pulsación; era un incendio forestal que se negaba a extinguirse. Cada vez que intentaba mover un dedo, una descarga eléctrica recorría mi brazo hasta la nuca. Pero el dolor físico era manejable. Lo que no podía soportar era el peso de la mirada de Spencer Blackwood, que seguía ahí, estático, como una de sus malditas estatuas, observándome desde el rincón de la habitación.
—¿No tienes una empresa que dirigir? —pregunté, con la voz todavía rasposa. Me dolía