No fue un ruido normal. No fue el crujido predecible de la madera o el siseo del viento entre los andamios. Fue el sonido del mundo rompiéndose; el lamento agudo del acero cediendo bajo una presión insoportable. Arriba, en el nivel cuarenta y uno, el caos se desató en un parpadeo. Una de las paletas de materiales, cargada con vigas de refuerzo que no habían sido aseguradas correctamente debido a las prisas impuestas por la "eficiencia" de la gerencia, se deslizó del borde.
El impacto inicial