El calor empezó en la base de mi nuca y se extendió como un incendio forestal por toda mi columna vertebral. En mi sueño, no estábamos en una oficina fría ni en un muelle lluvioso. Estábamos en una penumbra cargada de electricidad, y Spencer no llevaba su armadura de tres piezas. Sus manos, esas manos de dedos largos que siempre imaginé tecleando cifras, estaban enredadas en mi pelo, tirando con la dosis justa de urgencia para obligarme a exponer el cuello.
Sentí sus labios, calientes y húmedos