La mansión D’Alessio estaba convertida en un verdadero hervidero de actividad. El reloj marcaba apenas las nueve de la mañana y, ya desde temprano, todo el personal corría de un lado a otro, asegurándose de que cada detalle estuviera bajo control. El aire estaba cargado de energía, mezclada con un leve aroma a flores frescas y perfume caro, mientras que los teléfonos no dejaban de sonar con confirmaciones de invitados, coordinaciones de proveedores y recordatorios de última hora. La organizació