La noche que siguió a la caída de Arthur Mancini fue inusualmente silenciosa en Ciudad A. Era ese tipo de calma artificial que precede a una reestructuración tectónica.
En la mansión Perseus, las luces del ala este permanecían encendidas, proyectando rectángulos de oro sobre los jardines empapados por la lluvia.
Dentro, el aire vibraba con una mezcla de triunfo y una tensión nueva, más sutil pero igualmente peligrosa.
Zander se encontraba en su despacho, pero no estaba bebiendo. Estaba de pie f