El silencio en la suite principal era tan denso que Selene sentía que podía cortarlo con un cuchillo.
El reloj de pared, una pieza antigua de ébano y oro, marcaba cada segundo con un eco que parecía burlarse de su encierro.
Caminaba de un lado a otro, sintiendo que las alfombras persas bajo sus pies eran una trampa de seda.
Aquella era, sin duda, la habitación de Zander.
Reconoció el orden obsesivo, el aroma a tabaco caro y madera que emanaba de las paredes, y las fotografías que había vislumbr