La lluvia sobre Ciudad A se había transformado en un aguacero torrencial, una cortina de agua que lavaba la sangre de las aceras pero no lograba limpiar el olor a humo que emanaba del distrito portuario.
En la mansión Mancini, el ambiente era de una histeria contenida. Arthur Mancini, el patriarca que se creía el arquitecto de un nuevo orden, caminaba de un lado a otro en su estudio, destrozando copas de cristal contra las paredes de seda.
La noticia del almacén calcinado no solo era una pérdid