Alejandro apretó los puños con fuerza, sus ojos, rojos e inundados de lágrimas, parecían a punto de estallar, estampó la computadora contra el suelo.
Perdió el control, derribó la torre de copas de vino, destrozó la pantalla gigante y, de un manotazo, recogió los documentos manchados de vidrios rotos, los arrugó con furia hasta que la sangre de sus manos empapó las hojas blancas, las gotas rojas salpicaron el suelo.
Y entonces, rió, con lágrimas corriendo por sus mejillas.
—Amor, seguro que me o