Alejandro avanzaba hacia el escenario cuando escuchó el chirriar de la puerta.
Su paso se detuvo de golpe y giró la cabeza hacia la entrada.
—Por fin apareciste. —suspiró aliviado, pero al ver de quién se trataba, el ceño se le frunció de inmediato.
No era Valeria, era su abogado.
El hombre caminó despacio hasta colocarse frente a Alejandro, levantando un sobre de documentos.
—Señor Luzardo, la señorita Rosales me ha pedido entregarle esto. —Su voz era fría, estrictamente profesional.
Abrió la c