—Averigüé el paradero del abogado del abuelo.
—¿Lo dices en serio? —inquirió emocionado.
—Sí, ya nuestros abogados se están encargando del proceso. Recuperaremos el dinero, y se lo podremos devolver a su dueña.
—No, no lo haremos —dijo determinante.
—¿Cómo?
—Qué no lo haremos, ese dinero es nuestro.
—¿Pero no querías la casa para poder montar el hotel?
—Lamentablemente no pudo darse, me dijeron que no.
—¡Demonios! —masculló el menor—. ¿Y ahora qué harás? Podemos buscar otros inversionistas.
—Ya