Astrid sintió como los bellos de su piel se levantaron. El solo hecho de que alguien nombrara a su hijo le producía una nostalgia abrumadora. Con los ojos invadidos de lágrimas contempló al hombre frente a ella, sintió las venas de su cuerpo arder. En un movimiento rápido levantó la mano y la estrelló contra el rostro de Cangrejo.
—No vuelvas a nombrar a mi hijo.
Cangrejo masajeó la parte de su rostro golpeada y acotó:
—No estoy mintiendo, te estoy diciendo la verdad. Tu hijo no murió. Leandro