El despertar fue el momento más extraño y pacífico que había vivido en años. No hubo un sobresalto, ni el frío sudor que solía adherir la camiseta a mi espalda tras una pesadilla, ni esa conocida sensación de desorientación que me obligaba a encender la luz de inmediato para asegurarme de que estaba a salvo. Esta vez, lo primero que percibí fue un calor denso y constante que me envolvía por la espalda, y el sonido acompasado de una respiración profunda justo al lado de mi oído.
Me moví despacio