El despertador no tuvo que esforzarse mucho para sacarme del sueño; en realidad, apenas había logrado dormir un par de horas seguidas. El domingo por la mañana entró sin pedir permiso por las rendijas de la persiana, proyectando líneas de luz blanca sobre el techo de mi habitación. Me quedé inmóvil entre las sábanas, escuchando el silencio del piso y el latido sordo que todavía arrastraba en las sienes.
Me incorporé despacio, sintiendo el cuerpo pesado por el cansancio físico de la jornada en e