El aire en el salón había quedado pesado, denso, saturado de una electricidad estática tan real que el simple hecho de respirar se sentía como un acto completamente consciente. La puerta, tras la ruidosa huida de África, parecía haber sellado un muro contra el mundo exterior; un mundo que, de repente, ya no nos pertenecía. Nos habíamos quedado solos, ligeramente hundidos en los extremos opuestos del sofá, con la televisión encendida como un testigo mudo. El aparato emitía ráfagas de luces parpa