La pantalla del móvil se iluminó sobre la mesa del salón y, al ver las tres letras de su nombre flotando en la penumbra, un respingo eléctrico me recorrió toda la columna vertebral. No tuve ni tiempo de procesarlo o de calmar los latidos de mi corazón; mis amigas, que tienen radares biológicos para el cotilleo y la hormona ajena, se abalanzaron sobre mí como leonas sobre su presa.
- ¡Es él! ¡Es el boxeador! ¡Cógelo ya! -susurraron entre risas ahogadas, empujándome y obligándome prácticamente a