El aire fresco y puro de la tarde me golpeó el rostro con la fuerza de un bofetón en cuanto crucé las puertas acristaladas de la estación de autobuses. A lo lejos, recortado contra el cielo gris del atardecer, vi el viejo coche de mi padre; ese refugio metálico y familiar que tantas veces, durante mi infancia y adolescencia, me había llevado de vuelta a la seguridad absoluta del hogar. Él estaba allí, apoyado contra la puerta del conductor con las manos metidas en los bolsillos, escudriñando co