Capítulo 84. El amanecer de la ejecución.
El reloj digital de la oficina de Héctor marcó las 05:59 de la mañana. Los números rojos parpadeaban en la penumbra como una cuenta regresiva. Héctor no había pegado el ojo en toda la noche.
Su camisa blanca seguía arremangada, arrugada por las horas de encierro, y la mandíbula le dolía de tanto apretar los dientes. La taza de café negro sobre su escritorio estaba fría e intacta.
Faltaba un minuto.
Héctor se puso de pie. El movimiento fue fluido, peligroso, como el de un depredador que se despe