Capítulo 82. Sombras y montajes.
Leonella seguía en el suelo, con la respiración entrecortada, cuando el sonido de unos pasos lentos y rítmicos anunció la llegada de la verdadera tormenta.
Eugenia apareció al final del pasillo, impecable, sosteniendo una taza de té como si no acabara de dinamitar la felicidad de su propio hijo.
—Oh, Héctor... —Suspiró Eugenia, fingiendo una lástima que no le llegaba a los ojos—. Te lo advertí. El linaje no se improvisa, hijo mío. Puedes ponerle seda a una gata, pero siempre volverá al tejado.