Capítulo 25. El peso de la verdad.

Mientras tanto, en el coche, Héctor apretó el volante hasta que sus nudillos crujieron. El pánico, una emoción que creía haber extirpado de su sistema hace años, le apretaba la garganta. ¿Sería su hijo ese pequeño? La pregunta se repetía como un bucle en su cabeza. Aunque le preocupaba que, si Pierina sabía del niño, pudiera ponerlo en peligro.

El teléfono vibró en el tablero. Héctor contestó al primer tono.

—Habla —ordenó, con la voz cargada de una furia gélida.

—Señor, tenemos la ubicación e
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