Capítulo 113. El rugido del lobo
Héctor dio un paso más hacia ella, acorralándola contra el borde de madera del tocador. El aroma a sándalo de su piel se mezcló con la atmósfera asfixiante del vestidor. Su mano grande, la misma que sostenía el plástico con una fuerza destructiva, temblaba sutilmente por la descarga de adrenalina.
—¡Habla de una vez, Leonella! —exigió Héctor, y su voz ronca bajó a un registro gélido, peligroso—. No me mires así. ¿Por qué tenías esto escondido en tu estuche? ¿Qué clase de juego estás jugando?
Le