A las cinco en punto, mientras los empleados comenzaban a abandonar el edificio, Owen esperaba en la entrada a su hija.
En cuanto la pequeña bajó del coche de la mano de su abuela y lo vio, corrió hacia él con la alegría de siempre.
—¡Papá! —lo saludó, estirando sus bracitos al aire para que Owen la cargara.
—Hola, preciosa —respondió mientras la niña lo abrazaba del cuello. —Gracias por traerla, mamá —dijo, dándole un beso en la mejilla.
—No es nada, hijo. Pero no te quedes hasta tarde —añadió