La noche parecía extenderse sin fin, cada minuto se convertía en una prueba insoportable. La casa, aparentemente silenciosa, respiraba una vida insidiosa, con sus muros que parecían acercarse lentamente. Alice estaba sentada junto a la chimenea, con los dedos temblorosos mientras sostenía una taza de té a medio vacía. Intentaba hallar consuelo en el calor de la taza, pero cada ruido, cada sombra, le impedía relajarse.
Mélanie, acurrucada en un sillón, miraba el suelo con una expresión ausente,