—Mamá, ya detente, no voy a dejarlos en la calle —señalé sin desviar mi atención del archivo P*F en formato Word que se mostraba en la pantalla de mi laptop.
—¡Neferet, mírame cuando te hablo!
Abro mi boca en una aspiración profunda para posteriormente, sin querer faltarle al respeto, dar la vuelta encima de mi cómoda silla giratoria y fijar mis ojos en ella mientras sonrió de boca cerrada.
—La escucho, señora.
Un mohín fastidioso abordó sus labios y su voz, que mayormente es blanda, portaba un