Los autos arrancaron, y el rugir de todos los motores al unísono sonó como una avalancha de de emoción.
—¡Arranquen!
Los autos, como jaguares al acecho, salieron disparados con una fuerza imparable, dejando humo y gritos de emoción atrás.
Las carrocerías se veían como músculos bien formados, llenos de poder. Eran como caballos salvajes, corriendo por la pista como rayos que cruzaban el cielo.
Sin embargo, dentro del auto, Luciana estaba sintiendo en carne propia lo que significaba el peligro y l