Luciana miró a su clienta, que observaba a su esposo claramente alterado.
—Tú fuiste infiel, ¿y crees que no tienes nada de culpa? —le gritó ella.
—No le señales con el dedo a mi clienta. Estamos en un juicio. ¿Así eres también en casa? —dijo Luciana, tocando suavemente el brazo de su clienta.
La clienta se quedó atónita un segundo, pero de inmediato entendió lo que Luciana quería hacer. Entonces respondió con voz firme:
—Ya me he acostumbrado a que me grite. Siempre lo dejo pasar, pero hoy esta