—Si no quieres, no tomes —dijo Luciana, poniendo el vaso en la mesa.
Alejandro no dijo nada. Solo volvió a pensar en lo bonita que se veía mientras dormía. Tranquila. Perfecta.
—Sí quiero —dijo por fin, con la voz áspera.
Luciana le acercó el vaso, acomodando la pajilla para que pudiera beber.
Alejandro tomó despacio, como si fuera algo caliente. Solo cuando se lo acabó, se sintió un poco mejor.
—Me pica la cara… ¿puedes ayudarme a limpiarla? —la miró, con una expresión entre cansada y cariñosa.