El sabor metálico de la sangre en mi boca era irritante, mis manos temblaban al sostener las páginas, estaba molesta, desesperada y con ansiedad, pero no podía verme con miedo ante ellos, así que obligué a mi cuerpo a tranquilizarse.
Beatriz estaba arrodillada frente a mi, con las manos atadas en la espalda y el arma presionando su nuca, dándole un poco más de dramatismo a todo este teatro que montaron los rusos.
Los sollozos de Beatriz me ponían aún más nerviosa, era lo único que escuchaba mie