El viaje fue un poco incómodo, ella me miraba de vez en cuando y sonreía.
Aún no se por qué acepté venir.
Al llegar al restaurante con vista al mar, una mesera muy amable nos atendió.
Observé cada movimiento de Beatriz, llevaba el cabello lacio y un vestido holgado.
Quería ir la grano, decirle que soltara todo su veneno de una vez para poder terminar con esta farsa, pero en cambio solo pregunté:
—¿Cuántos meses de embarazo tienes? —hablé, entrecerrando los ojos.
Mi pregunta la tomó desprevenida