Nora
El día era un insulto.
La luz de la mañana golpeaba los cristales sucios de mi apartamento, revelando el polvo sobre los muebles, el desorden en la mesa baja, el vacío de la cama que no había sabido habitar sola. El aire olía a cerrado, a café frío y a remordimiento.
Me desvestí en la entrada, dejando caer mi ropa en un montón miserable sobre el suelo. El jersey que aún llevaba su olor. Los vaqueros arrugados. La piel que aún guardaba la memoria de sus manos. Bajo la ducha ardiente, cerré