NORA
La campana de mi oficina suena apenas y ya siento su peso sobre mí, esa presencia silenciosa pero implacable que me acompaña en cada uno de mis gestos. Unos minutos más tarde, Élodie toca suavemente la puerta.
— Nora, es la hora del almuerzo, dice ella, con su voz medida, y siento en su manera de pronunciar cada palabra que espera que me levante sin protestar.
Me enderezo, mis piernas aún un poco adormecidas por la tensión de la mañana, y la sigo por el pasillo, mis pasos perfectamente sin