No supe en qué momento me quedé dormida. Solo sé que, cuando desperté, mi cuerpo pesaba como si hubiera cargado toneladas de tristeza durante días. No tenía fuerzas ni para llorar. Cerré los ojos de nuevo, deseando que todo fuera un mal sueño.
El timbre me sobresaltó.
—¡Anita! —gritó Diana desde la puerta, sin esperar a que abriera—. ¡Ya nos enteramos!
Me senté en la cama, aún aturdida. Entraron sin más, Diana y Mathias, con bolsas de comida, refrescos y esa mezcla de preocupación y cariño que