Livia tenía por costumbre permanecer con los ojos cerrados unos minutos mientras se despertaba del todo. Si no tenía prisa, disfrutaba escuchar lo que había a su alrededor. En ocasiones, se quedaba así hasta que el sueño la vencía de nuevo, pero en muchas otras, deseaba no volver a despertar. Justo como en ese momento.
El dolor no le permitía moverse con la agilidad acostumbrada y el malestar en general le impedían sentirse cómoda consigo misma. Le lavaron el estómago y estuvo llorando por hor