Livia condujo furiosa por las calles solitarias de la ciudad. Se lo había advertido a Elías desde que los vieron pasar al reservado entre risas y bromas subidas de tono: no quería problemas. Ella se ocultó tras uno de los amigos del fotógrafo y casi estuvo a punto de gritar por la impresión cuando él volteó hacia ellos como si la hubiese visto, como si la hubiese sentido. Fue un breve instante, él se detuvo y escaneó al grupo con atención, pero siguió su camino, negando con la cabeza y riendo t