—Ven, vamos a la cama —le dije.
Le tomé la mano y la llevé al dormitorio. Las sábanas estaban frescas y tersas. Celeste se metió bajo las cobijas y se acomodó a mi lado. Me acosté detrás de ella, la atraje hacia mí y la abracé por la cintura, con su espalda pegada a mi pecho.
No tardó ni unos minutos en quedarse dormida.
Yo tardé bastante más. Me quedé escuchando su respiración, sintiendo los latidos tranquilos de su corazón contra mi brazo.
No quise pensar en aquella pregunta que se me había pa