Tomé el teléfono y llamé a Celeste.
—Seraphine está en la recepción de mi edificio —le dije—. Lleva horas esperando y no parece que vaya a irse pronto. ¿Te apetece venir a ponerla un poco de los nervios?
Hubo una breve pausa.
—Encantada —respondió Celeste.
Avisé a mi recepcionista y a mi secretaria de que Celeste estaba por llegar. Debían recibirla con toda cortesía y acompañarla directamente a mi despacho. Quería que la diferencia de trato fuera imposible de pasar por alto desde el momento en q