Pero no había terminado.Antes de que pudiera recuperar el aliento, la levanté de encima de mí. El agua salpicó mientras la giraba y le presionaba las palmas contra la pared de la bañera. La porcelana estaba fría bajo sus manos, un contraste brutal con el calor del agua y su piel enrojecida. Quedó de rodillas, la espalda arqueada, el culo presionado contra mis caderas, el coño bien abierto esperándome.—Así —dije, con la voz ronca de necesidad.Guié mi pene de vuelta a su entrada. Rocé el glande contra sus labios húmedos, deslizándolo por sus pliegues, recogiendo su crema en la punta antes de rozar su clítoris. Gimió y empujó las caderas hacia atrás, intentando ensartarse en mí.—Todavía no —dije, sujetándola quieta—. Quiero verte rogarlo.Giró la cabeza apenas lo suficiente. Los ojos vidriosos de deseo, los labios entreabiertos. Parecía desesperada. Parecía que haría cualquier cosa que le dijera.—Por favor —susurró.Eso fue todo lo que necesité. Entré en ella de una sola embestida, e
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