Le extendí la espuma por el vientre, las caderas, la curva de la cintura y las nalgas, tomándome mi tiempo con cada caricia. Cuando mis dedos se deslizaron entre sus muslos para lavarla con suavidad, dejó escapar un gemido bajito y se pegó más a mí.
La hice girar y continué por su espalda, los omóplatos, la parte baja de la espalda y la cara posterior de los muslos, sin dejarme ni un rincón por limpiar.
Entonces me quitó el gel de baño de las manos.
Se echó un poco en la palma y empezó a enjabon