Antonio dio tres pasos y pegó su espalda contra la pared de acero del elevador, inspirando profundamente sin apartar la mirada de Francesco, que seguía con las manos en su cuello intentando respirar.
Era cierto lo que el imbécil estaba diciendo.
Definitivamente, la chica estaba sufriendo, no había que ser un adivino para darse cuenta, y a pesar de que estaba completamente inmóvil, había algo que al policía no terminaba de gustarle, aunque todavía no definía que era, además de lo obvio, el poder