La lluvia se hacía más torrencial y las horas avanzaban, Ignacio había recorrido el lugar y averiguó que había una pequeña tienda para los artículos más indispensables y, además, también había habitaciones para los visitantes, con esa información llegó de nuevo a la mesa donde estaban Evana y los niños, quienes en ese momento conversaban:
–Mamá, ¿los caballos estarán bien guardados? –preguntó George con preocupación.
–Sí mi amor, deben haberlos guardado apenas cayeron la