En su fastuosa villa romana, Evana se acercaba a Ignacio quien estaba sentado contemplando el paisaje, le rodeó con sus brazos desde atrás y le dio un tierno beso en la mejilla.
–¿Puedo interrumpir tus pensamientos?
–Claro que sí amor mío, bienvenida.
–¿Todo bien?
–Espero que sí, sabes que desde niños no me pierdo ningún movimiento de mis hijos y tomé medidas extremas con los inconvenientes que tuvimos.
–Parece que supiste algo que no