Tiberius llegó a Nueva York con el rostro adusto, revisó su reloj y le pidió a Rigo que lo llevara directamente a la oficina, su chofer lo miraba por el espejo retrovisor y se mordía los labios para no cometer una imprudencia, sin embargo, fue el mismo CEO quien le espetó:
–Ya dime lo que quieras decir, no soporto que me veas con ojos curiosos cada dos minutos.
–Si me permite preguntar, ¿cómo le fue en Roma? ¿Todo bien con sus sobrinos?
–¿Esas son las pregunt