Las luces de la oficina se atenuaron una a una.
Los teclados se quedaron en silencio. Las sillas chirriaron al retroceder mientras la gente recogía sus cosas, se guardaba los portátiles bajo los brazos y buscaba sus abrigos. Alguien dejó un café medio vacío en el borde de un escritorio. Nadie volvió a recogerlo. El zumbido del edificio —ese sonido bajo y constante que solo se nota cuando se detiene— se desvaneció.
Afuera, el cielo se había vuelto naranja. Suave y lento, ese tipo de naranja que