La oficina estaba en silencio. El aire acondicionado funcionaba a baja potencia, lo justo para mantener la habitación fresca sin hacer ruido. Santiago estaba sentado detrás de su escritorio, su pluma deslizando el papel con trazos deliberados. La pila de hojas frente a él estaba ordenada, cada una alineada con la siguiente. Tenía los hombros relajados, la espalda recta pero relajada.
Tomó su café. Lo dejó sin beber y continuó escribiendo.
Entonces la puerta se abrió de golpe.
El impacto contra