Serena yacía sobre la cama de su habitación privada en el hospital. Tenía los ojos rojos, hinchados y desbordados de lágrimas de pura rabia y dolor. Le dolía hasta el último rincón del cuerpo.
Pequeños moretones florecían por toda su piel, acompañados de una inflamación severa; pero el dolor punzante, profundo y arraigado en sus huesos era sencillamente insoportable. Quería una cura milagrosa e inmediata, pero los médicos lo único que podían hacer era administrarle analgésicos e hidratación por