CAPÍTULO SETENTA Y TRES

Frío.

Eso fue lo primero que sintió Serena. Un frío hormigón debajo de ella y aire helado erizándole la piel.

Abrió los ojos. Le dolía absolutamente todo. Intentó incorporarse, pero le fue imposible: tenía las manos atadas firmemente a la espalda y los tobillos amarrados con fuerza a las patas de una silla.

—¿Qué...? —parpadeó con pesadez tratando de aclarar la vista.

Luz tenue, paredes grises y un olor penetrante a metal viejo y descomposición. Un escalofrío de puro terror le recorrió la colum
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