Mayte le miró con rabia, sus ojos chispeantes de indignación. La tensión en el aire era palpable, como si cada palabra pronunciada pudiera romper el frágil hilo que sostenía su rabia.
—¿Qué estás diciendo? —preguntó, su voz temblando entre la incredulidad y la furia.
—¡No hay divorcio! —respondió Martín, su tono firme y autoritario, como si el simple hecho de decirlo pudiera cambiar la realidad.
Martín tomó la mano de Mayte con una fuerza que la hizo sentir atrapada, casi arrastrándola fuera del