Hernando avanzó por la acera con paso decidido, el traje impecable y la mirada de quien no tolera sorpresas.
Llevaba a Maryam entre los brazos y, a su alrededor, las personas se quedaban en silencio como si toda la escena fuera una pequeña obra teatral: la necedad de ambos convertida en un gesto que nadie esperaba.
Ella, entre incrédula y furiosa, apoyó la frente contra su pecho con una mezcla de humillación y cosquilleo; él, con los ojos fijos en el camino, parecía dispuesto a desafiar al mundo