Manuel sintió que ese dolor era viejo, un dolor que había estado con él durante años, un dolor que le susurraba que, por más que se esforzara, nunca conseguiría lo que realmente anhelaba de la vida.
Era la pena de sentirse rechazado por quienes juraron amarlo.
Era como una sombra que lo seguía, recordándole constantemente sus fracasos y decepciones.
A pesar de todo, esbozó una sonrisa amarga, intentando ocultar la tristeza que lo invadía.
—Manuelito, loquito —río Martín, su tono burlón cortando