Al día siguiente el sol parecía una obligación; la tensión, en cambio, no daba tregua.
Manuel y Mayte llegaron al juzgado con Hernando, entre ellos, cada paso un recordatorio de lo que estaba en juego.
El niño entró con los ojos hinchados de dormir poco, la voz apagada por la angustia; apenas pudo contener el llanto.
Mayte intentó calmarlo con dulces, con un tono suave, con besos en la frente, pero Hernando se aferraba a ella como a un salvavidas.
No quería soltarse. No quería hablar con nadie.