Ese beso la hizo estremecer, sintió miedo, Mayte quería alejarlo y una parte de su cuerpo casi quería ceder por instinto, por lujuria, pero no así.
Mayte reaccionó, no iba a ser una mujerzuela, menos con ese hombre.
—¡No quiero, aléjate!
La voz de Mayte tembló como un cristal a punto de romperse.
Estaba acorralada, con la espalda pegada al asiento trasero del automóvil.
Sus manos buscaban a tientas la manija de la puerta, como si pudiera escapar de aquel encierro con solo un movimiento desespera